JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico No comprendiendo Balsamo de qué provenían aquellos diversos gritos, le preguntó en silencio.
Fritz no contestó nada; pero cogiendo a su amo le llevó delante del gran espejo de Venecia colocado encima de la chimenea que conducía a la habitación de Lorenza.
—¡Oh!, mirad —dijo, señalándole su propia imagen en el cristal.
Balsamo se estremeció.
Después brilló en sus labios una sonrisa, una de esas sonrisas hijas de un dolor infinito e incurable una sonrisa mortal, en fin…
Ciertamente, comprendió el espanto de Fritz. Balsamo había envejecido en una hora tanto como en veinte años, y en sus ojos no se veía su anterior brillo; la sangre no circulaba bajo la piel; por todas sus facciones se había esparcido una expresión de estupor y falta de inteligencia; una espuma sanguinolenta enrojecía sus labios, y en la blanca batista de su camisa se veía un gran salpicón de sangre.
Balsamo se miró a sí mismo durante un instante sin conseguir conocerse, y después clavó con aire resuelto la vista en la del extraño personaje que reflejaba en el espejo.
—Tienes razón, Fritz —dijo—; sí, tienes razón.