JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —¿De un reo? —tartamudeó Balsamo vagamente y encogiéndose de hombros—. Repito que no comprendo lo que decÃs.
—Ya haremos que nos entiendas, y esto será tanto más fácil, cuanto que cualquiera que notase la palidez de tu frente, tus apagados ojos y tu voz temblona, dirÃa que harto nos entiendes.
—Ya se ve que entiendo —contestó Balsamo, moviendo la cabeza como para hacer que se desprendiesen de ella los pensamientos que la tenÃan sitiada.
—¿Recuerdas, hermano —siguió diciendo el presidente—, que la comisión suprema te avisó en sus últimas comunicaciones que un gran sostén de la orden pensaba hacernos traición?
—Puede… sÃ… no digo que no.
—Respondes según te dicta una conciencia atropellada y llena de sobresalto; pero no hay que abatirse; cálmate y contesta con la seguridad y precisión que exige la terrible posición en que te hallas; respóndeme con la certeza de que puedes convencernos, porque ni abrigamos prevenciones, ni nos anima el odio. Somos aquà representantes de la ley, la cual no habla sino una vez que el juez ha oÃdo.
Nada contestó Balsamo.