JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Balsamo, sin admirarse ni prepararse, penetró en el salón que Fritz había alumbrado de manera conveniente para honrar como debía a los visitantes que fuesen a ver a su amo.
Los cinco visitantes se hallaban sentados en sillones, y ni uno siquiera se levantó al verle.
El amo de la casa les saludó cortésmente, y ellos se levantaron y correspondieron a su saludo de un modo ceremonioso.
Balsamo se sentó frente a los visitantes, sin notar, o sin dar a entender que notaba, el extraño modo en que estaban colocados; porque los cinco sillones formaban un hemiciclo igual al de los antiguos tribunales, con un presidente asistido de dos asesores, y el sillón de Balsamo, situado frente al del presidente, ocupaba el sitio que se da a los procesados en los concilios o pretorios.
—Hermano —dijo el presidente, o más bien el que ocupaba el sillón del medio—; por lo visto no has comprendido, pues has tardado bastante en venir, y ya estábamos deliberando si debíamos enviar en busca tuya.
—No entiendo lo que decís —fue lo único que contestó Balsamo.
—No lo creía así al ver que has ocupado respecto a nosotros el puesto y la actitud de un reo.