JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —¿No ves, desgraciado, que va a sorprenderme la muerte como a una criatura vulgar? Oye, Acharat: bien puedes volver, porque no he de hacerte daño; vuelve, pues, renuncio al fuego, nada tienes que temer del demonio ni de los siete ángeles vengadores: renuncio a vengarme, y eso que puedo darte tal espanto que te volverÃas idiota, quedándote tan frÃo como el mármol, porque sé detener la circulación de la sangre, Acharat. Vuelve, pues, que no te ocasionaré ningún daño; al contrario, mira, ¡puedo hacerte tanto bien…! Acharat, no me abandones, vela por mi vida y todos mis tesoros, todos mis secretos serán tuyos; haz que viva, Acharat, haz que viva, y te los enseñaré ¡Mira…!, ¡mira…! Y con su dedo descarnado, señalaba los papeles y rollos que habÃa extendidos por aquella habitación.
Luego esperaba, renaciendo, para observar sus propias fuerzas, que se debilitaban cada vez más.
—¡Ah, ven, me estás matando, insensato! Aun cuando supieras leer los manuscritos que sólo mis ojos han conseguido descifrar; aun cuando el talento te diese mi saber durante una vida, dos y aun tres veces centenaria; aunque te enseñara el uso de todos estos materiales recogidos por mÃ, no me heredarÃas, no. Vuelve, Acharat, vuelve, aun cuando no sea más que para presenciar la ruina de toda esta casa, aunque no sea más que para presenciar el hermoso espectáculo que te he preparado. ¡Acharat! ¡Acharat! ¡Acharat!