JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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Mientras, Balsamo mostraba a sus acusadores el cadáver de Lorenza; pero los gritos del viejo eran tan intensos que Balsamo los oyó y con Lorenza en brazos subió nuevamente.

—¡Ah!, al fin vuelves —gritó el anciano, lleno de gozo—, ¡sin duda has tenido miedo! Has visto que podía vengarme, y por eso has vuelto: has hecho bien en venir, pues si tardas un instante prendo fuego a esta habitación.

Balsamo hizo un gesto de indiferencia.

—Tengo sed —dijo Althotas—, Acharat, dame agua.

Balsamo no se movió, pero fijaba la vista en el moribundo como si tratara de no perder ni un minuto de su agonía.

—¿Lo oyes, Acharat? —gritó Althotas.

El taciturno espectador conservó el mismo silencio y la misma inmovilidad que antes.

—¿No me oyes, Acharat? —dijo el viejo, desgarrando la garganta para permitir paso a su furia—; ¡mi agua, dame mi agua!


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