JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Y creo que hay motivo, pues ya te he dicho que desde aquel dÃa no me ha mirado el rey, que Su Majestad me ha vuelto la espalda constantemente, que siempre que he creÃdo debÃa mostrarle una grata sonrisa me ha contestado con un gesto espantoso, y, en resumen, que estoy cansado de ir a Versalles para que me hucheen. Vaya, ¿qué quieres que haga a esto?
Taverney se mordÃa cruelmente las uñas durante aquella réplica del mariscal.
—No lo comprendo —dijo por último.
—Ni yo, barón.
—Seguramente, creerÃa cualquiera que el rey se divierte con tus inquietudes, porque al fin…
—Eso es lo que digo, barón. Al fin…
—Salgamos de este apuro, duque, tratemos de apelar a algún medio que nos valga alguna explicación.
—Barón, barón —replicó Richelieu—, cuidado que es peligroso provocar explicaciones por parte de los reyes.
—¿Te lo figuras as�
—SÃ. ¿Quieres escucharme?
—Habla.
—Pues bien, desconfÃo algo.
—¿Y de qué? —interrogó el barón con arrogancia.
—Vuelta a enfadarse.
—Creo que hay motivo.