JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —¿TodavÃa os encontráis aquÃ, señor de Richelieu? —dijo.
—SÃ, a las órdenes de Vuestra Majestad.
—¿Conque no abandonáis a Versalles?
—En el espacio de cuarenta años, señor, muy pocas veces me he alejado de aquà para otra cosa que no sea el servicio de Vuestra Majestad.
El rey se paró enfrente del mariscal.
—Vamos —dijo—, vos deseáis alguna cosa, ¿no es verdad?
—¡Yo, señor! —dijo Richelieu sonriente— ¿y qué he de querer?
—Pues entonces, ¿por qué me perseguÃs, duque? SÃ, voto al demonio, me estáis persiguiendo.
—Me alegro que lo hayáis conocido, señor; efectivamente, os persigo, pero es con mi cariño y respeto.
—¡Oh!, fingÃs que no me entendéis, pero no es asÃ. Pues bien, entended, señor, mariscal, que yo nada tengo que deciros.
—¿Nada, señor?
—Nada en absoluto.
Richelieu se armó de profunda indiferencia.