JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Jamás me habléis de esa joven, duque, porque me estremezco tan sólo al pensar en ella.
Richelieu juntó las manos con hipocresÃa y dijo:
—¡Oh, Dios mÃo, lo que son las exterioridades! Si Vuestra Majestad, que es el primer apreciador del reino; si Vuestra Majestad, que jamás se equivoca, no me asegurase eso, ¿cómo habÃa de poderlo creer?… ¡Cómo!, señor. ¿Conque tanto ha variado?
—No sólo ha cambiado, sino que está atacada de una enfermedad horrible… ha sido una alevosÃa. Pero, por Dios, no me digáis ni una palabra más respecto de ella, si no queréis que muera.
—¡Cielos! —exclamó Richelieu—, no volveré a nombrarla, señor. ¡Matar a Vuestra Majestad! ¡Oh! ¡Qué tristeza! ¡Qué familia! ¡Qué desventurado debe ser ese pobre mozo!
—¿De quién habláis?
—¡Oh!, lo que es ahora de un servidor de Vuestra Majestad, tan fiel y sincero como adicto. ¡Oh!, este sà que es un modelo, señor, y bien lo ha comprendido asà Vuestra Majestad. Lo que es ahora yo respondo de que no han recaÃdo los favores en un mal súbdito.
—¿Pero de quién se trata, duque? Hablad, que llevo prisa.