JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —¡Ah!, una vez pronunciada la sentencia no hay más que hablar, señor: afortunadamente para ese infeliz —siguió diciendo Richelieu—, influye por él una consideración poderosa.
—¿Qué es lo que queréis decir?
—Que si el padre ha tenido la fatalidad de disgustar al rey…
—Y mucho.
—No lo niego, señor.
—Pues entonces, ¿qué es lo que decÃs?
—Digo que un ángel de ojos azules y pelo rubio.
—No os comprendo, duque.
—Eso se concibe muy bien, señor.
—Pero desearÃa entenderos.
—Un profano como yo, tiembla, señor, a la idea de levantar un pico del velo que oculta tantos misterios amorosos y encantadores; pero, lo repito, ¡cuántas gracias no tiene que dar Taverney a la que calma en favor suyo la regia indignación! ¡Oh!, sÃ, la señorita Andrea debe ser un ángel.
—La señorita Andrea es un monstruo de fealdad, lo mismo que su padre lo es de inmoralidad —dijo el rey.
—¡Oh! —dijo Richelieu, cuyo asombro llegaba a su colmo—; todos nos equivocábamos, y aquella apariencia de hermosura…