JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —En cuanto a su delicadeza, señor, no hablaré de ella en presencia de Vuestra Majestad, porque yo sólo puedo garantizar lo que conozco.
—¡Cómo es eso! ¿Conque no garantizáis la delicadeza de vuestro amigo, de un servidor antiguo, de un hombre que ha servido con vos a las órdenes de Villars, y que me habéis presentado? No obstante le conocéis, ¿no es verdad?
—Verdaderamente que sÃ, señor, pero no su delicadeza. Sully decÃa a vuestro abuelo Enrique IV que vio salir su fiebre vestida con un traje verde; mas yo confieso humildemente, señor, que jamás he sabido cómo se viste la delicadeza de Taverney.
—En fin, mariscal, os digo que es un tunante, y que ha desempeñado un papel muy feo.
—¡Oh!, si Vuestra Majestad lo dice…
—¡SÃ, señor, lo digo yo!
—Pues bien —contestó Richelieu—, con hablar asà me saca Vuestra Majestad de un apuro. SÃ, lo confieso, M. de Taverney no es un pimpollo de delicadeza, y demasiado lo habÃa conocido; pero, en fin, señor, hasta que Vuestra Majestad no se dignara manifestar su opinión…
—Mi opinión es bien terminante, mariscal; le aborrezco.