JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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—A lo menos —dijo Taverney—, decid que estáis mala, haceos la interesante, ¡vive Cristo!, ya que no deseáis parecer bella.

—¡Oh!, en cuanto a eso, papá, es cosa fácil y no mentiré si digo que estoy enferma, porque verdaderamente sufro en este momento.

—Bien —dijo el barón refunfuñando—; sólo nos faltaba que se pusiera mala.

Y agregó entre dientes:

—¡Mal hayan las mujeres gazmoñas!

Y volviendo al gabinete de su hija buscó cuanto pudiera ayudar sus conjeturas y formar una opinión.

En tanto Andrea cruzaba la explanada y costeaba los jardines, alzando de vez en cuando la cabeza como si quisiera buscar en el aire aspiraciones más fuertes, porque el perfume de las flores penetraba con excesiva violencia en su cerebro conmoviendo todas sus fibras.

Presa de un malestar desconocido, llegó Andrea a las antesalas de Trianón, donde la señora de Noailles, que se encontraba de pie en el gabinete de la delfina, dio a entender desde luego a Andrea que ya era hora y que la estaban aguardando.


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