JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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—El ridículo mata en cualquier parte, pero en la corte mucho más.

—Bien, señor, trataré de aplicar el remedio; pero lo que es en este momento, la señora delfina me dispensará el que no me haya vestido con más elegancia, por la prisa que tengo de ir a su lado.

—Vete, pues, y vuelve así que te veas libre, porque tengo que hablarte de un asunto muy importante.

—Bien, papá —dijo Andrea.

Y trató de continuar su camino.

El barón fijó en ella la vista y exclamó:

—Aguardad, aguardad; así no podéis salir, se os ha olvidado el colorete, señorita, y tenéis una palidez que asusta.

—¿Yo, papá? —dijo Andrea deteniéndose.

—¿En qué pensáis cuando os miráis al espejo? Vuestras mejillas están amarillas como la cera, y tenéis ojeras de una cuarta. Cuando se está así no se sale, señorita, so pena de causar repugnancia a la gente.

—No he tenido tiempo de componerme papá.

—Es una cosa terrible —exclamó Taverney encogiéndose de hombros—; en el mundo no se hallará una mujer parecida, y sin embargo es hija mía. ¡Qué cambio tan atroz! Andrea, Andrea.

Pero Andrea estaba al pie de la escalera.

Desde allí se volvió.


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