JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —El frasquito, el frasquito —murmuró Andrea procurando sonreÃr.
Y con sus apagados ojos y su mano, que casi no podÃa levantar, mostraba a Felipe un frasquito colocado en el ropero que estaba junto a la ventana.
Lanzóse Felipe hacia aquel mueble, sin apartar la vista de su hermana, a quien dejaba con sentimiento.
Acto seguido abrió la ventana y volvió con el frasco, el cual aplicó a la crispada nariz de la joven.
—Bien, bien —dijo respirando con ansia el aire y la vida—, ya ves que resucito: vamos ¿piensas que estoy muy mala? Habla.
Felipe, por toda respuesta, la miraba fijamente.
Andrea fue restableciéndose lentamente, se enderezó en el sofá, cogió con sus sudosas manos las de Felipe que temblaban, endulzóse su mirada, la sangre volvió a colorear las mejillas, y parecÃa que jamás habÃa estado tan bonita.
—Ya ves Felipe —dijo—, que todo se ha pasado y nada hubiera ocurrido a no ser por la sensación que me causa verte, a ti, que eres mi vida.
—SÃ, todo esto es muy bueno, muy amable, Andrea; pero te suplico que me digas a qué atribuyes esa dolencia.
—Lo ignoro, quizá sea la vuelta de la primavera, el olor sofocante de las lilas persas me atacó a los nervios.