JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Sà tienes razón, quizá será eso; las flores son muy peligrosas: acuérdate que cuando yo era niño, se me antojó en Taverney rodear mi cama de una guirnalda de lilas que recogimos en el seto. Los dos decÃamos que parecÃa un altarcillo; pero ya sabes que a la mañana siguiente no desperté; todos suponÃan que me habÃa muerto, tú que nunca quisiste convencerte de que te hubiese dejado de aquel modo sin despedirme de ti, y únicamente tú, pobre Andrea, fuiste quien (apenas tenÃas seis años en aquella época) me hiciste recobrar el sentido, a fuerza de besos y lágrimas.
—Y de aire, Felipe, porque lo mejor de todo en tales casos es el aire, y siempre parece que me falta.
—¡Ah!, hermana, hermana; si te hubieras acordado de eso, no hubieras traÃdo flores a tu aposento.
—No, Felipe, no; ciertamente que hace quince dÃas que no ha entrado aquà una margarita, y lo más extraño es que a pesar de que tanto me agradaban las flores, ahora las aborrezco; pero dejémonos de flores. El hecho es que he tenido jaqueca, sÃ, Felipe, la señorita de Taverney ha tenido jaqueca, ¡y, qué dichosa es esa señorita, pues ha alborotado a la corte y la villa por esa jaqueca que ha ocasionado un desmayo…!
—¿Cómo es eso?