JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Como lo oyes. La señora delfina se ha dignado venir a visitarme. ¡Oh! ¡Felipe, qué protectora tan buena tengo, y qué amiga tan cariñosa es la señora delfina! Me ha cuidado, me ha mimado, me ha enviado un médico de cámara, y cuando un personaje de tanta gravedad como el doctor, cuyos fallos son infalibles, me tomó el pulso y me examinó los ojos y la lengua, ¿sabes hasta dónde llega mi buena suerte?
—No.
—Pues resultó que no tenÃa nada.
—El tonto de Gilberto tiene la culpa.
—¡Gilberto! —dijo Andrea haciendo un gesto visible de impaciencia.
—SÃ, me ha dicho que estabas muy enferma.
—¿Y has creÃdo a ese idiota, a ese holgazán, que sólo es bueno para hacer daño o decir cosas que incomoden?
—¡Andrea, Andrea!
—¿Qué sucede?
—Te pones pálida otra vez.
—No, sino que ese Gilberto me excita los nervios: no basta hallarse en mi camino, sino que también he de oÃr hablar de él cuando no está aquÃ.
—Vamos, está visto que vas a desmayarte de nuevo.
—¡Oh!, sÃ, sÃ, ¡Dios mÃo…! Pero es que…