JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Y los labios de Andrea se volvieron pálidos, paralizándoseles la voz.
—¡Vaya una cosa rara! —murmuró Felipe.
Hizo Andrea un esfuerzo y dijo:
—No, no es nada, no hagas caso de todos estos mareos y vapores; observa cómo me sostengo en pie, Felipe: mira, si me creyeras, irÃamos a dar una vuelta juntos, y ya verÃas cómo a los diez minutos estaba buena.
—Me parece que te equivocas acerca de tus propias fuerzas, Andrea.
—No, tu vuelta me devolverÃa la salud, aunque estuviera muriéndome. ¿Quieres que salgamos, Felipe?
—De aquà un instante, querida Andrea —dijo Felipe cariñosamente a su hermana—: TodavÃa no te has tranquilizado del todo.
—Corriente.
Andrea cayó otra vez sobre el sofá, arrastrando consigo a Felipe, que la tenÃa cogida de la mano.
—¿Y por qué —siguió diciendo la joven—, has venido de repente, sin tener ninguna noticia de ti?
—Contéstame antes, querida Andrea, ¿por qué dejaste de escribirme?
—SÃ; pero sólo ha sido de algunos dÃas acá.
—Hará unos quince dÃas, Andrea.
La joven bajó la cabeza.
—¡Perezosa! —dijo Felipe en tono de dulce reconvención.