JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Escúchame. El rey, hablemos bajo, se me figura muy caprichoso, Felipe. Al principio me manifestó Su Majestad, como ya sabes, mucho interés lo mismo que a ti, a papá y a toda la familia, pero de repente se ha enfriado este interés, sin que yo pueda adivinar por qué ni cómo. Lo cierto es que Su Majestad no me mira, hasta me vuelve la espalda, y que ayer, cuando tuve la desgracia de desmayarme en el jardÃn… Empieza Llaudet.
—¡Ah!, ya ves cómo Gilberto tenÃa razón; ¿conque te desmayaste, Andrea?
—¿Qué precisión tenÃa ese miserable de Gilberto de decirte eso, y acaso de decirlo a todo el mundo? ¿Qué le importa que me desmaye o no? Bien sé, querido Felipe —agregó Andrea riéndose—, que no es polÃtico desmayarse en casa de un rey, pero al fin no se desmaya una por gusto, ni yo lo hice expresamente.
—Pero ¿quién te lo censura, querida hermana?