JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Escuchadme, doctor, aquà sucede algo extraño, y cualquiera dirÃa que no queréis o no os atrevéis a responder.
—Lo que debéis suponer es que me hallo impaciente por trasladarme al lado de la delfina que me espera…
—Doctor, doctor —dijo el joven pasándose la mano por la frente inundada de sudor—, ¿conque me tomasteis por amante de la señorita de Taverney?
—SÃ, pero me habéis desengañado.
—¿Es decir que imagináis que la señorita de Taverney tiene un amante?
—Perdonadme, caballero, pero no tengo obligación de comunicaros mi modo de pensar.
—Doctor, tened compasión de mÃ; doctor, habéis pronunciado una palabra que se ha clavado en mi corazón como la hoja de un puñal que se rompe; doctor, no tratéis de darme una dedada de miel, porque serán inútiles vuestra delicadeza y habilidad: ¿qué enfermedad, pues, es esa de que pensabais hablar a un amante y pretendéis ocultar a un hermano? Respondedme, doctor, yo os lo ruego.
—Y yo os suplico, al contrario, que me dispenséis que no os responda, caballero, pues según el modo con que me hacéis preguntas, veo que estáis acalorado.