JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —¡Oh Dios mÃo!, ¿no conocéis, caballero, que cada palabra que pronunciáis me arrastra más y más hacia ese abismo que columbro no sin estremecerme?
—¡Caballero!
—Doctor —repuso Felipe con más violencia—, es decir que tenéis que revelarme un secreto tan terrible, que son necesarios para oÃrlo toda mi sangre frÃa y todo mi valor.
—Esa es una suposición vuestra, señor de Taverney, porque yo no he dicho eso.
—Vuestro silencio es cien veces peor que decir, pues toleráis que yo crea las cosas. ¡Oh! ¡Eso no es tener caridad, doctor! Ya veis que mi corazón está traspasado, pero oculto mi impaciencia; ya veis que ruego, que suplico; hablad pues, hablad, os juro que tendré sangre frÃa, que tendré valor… Esa enfermedad, esa deshonra quizá… ¡Oh! ¡Dios mÃo! ¡Y no me interrumpÃs, doctor…!
—Señor de Taverney, nada he manifestado, ni a la señora delfina, ni a vuestro padre, ni a vos; conque no exijáis más.
—SÃ, sÃ… pero ya estáis viendo que interpreto vuestro silencio, ya veis que voy con vuestro pensamiento por el camino oscuro y fatal en que se oculta; detenedme a lo menos si es que me extravÃo.
—Adiós, caballero —contestó el doctor con voz alterada.