JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —¡Ah!, no me dejéis asà sin decirme que sà o que no. Una palabra, una sola y no deseo más.
El doctor se detuvo.
—Caballero —dijo—, hace poco, y esto fue causa de la fatal equivocación que os ha molestado…
—¡Oh!, dejemos eso, caballero.
—Al contrario, hablemos; hace poco, algo tarde tal vez, me manifestasteis que la señorita de Taverney era hermana vuestra pero antes, con una exaltación que ha producido mi error, me habÃais dicho que querÃais a la señorita Andrea más que a vuestra vida.
—Es cierto.
—Y si el cariño que la profesáis es tan grande, supongo que os pagará en la misma moneda.
—Andrea me quiere como no quiere a nadie en este mundo.
—Pues bien, siendo asà volveos a su lado, y preguntadle, caballero; preguntadle, penetrando en ese camino que yo me veo obligado a abandonaros; y si es que os quiere como vos la queréis a ella, contestará a vuestras preguntas. Hay infinidad de cosas que se comunican a un amigo y no a un médico, y tal vez entonces consienta en deciros a vos lo que no quisiera haberos dejado entrever, aunque para ello necesitase cortarme un dedo de la mano. Adiós, caballero.