JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —¡Oh!, no, no, eso no es posible —exclamó Felipe, loco de sentimiento y entrecortando las palabras con sollozos—; no, doctor, he entendido mal; no, no podéis haber dicho eso.
Suavemente se deslizó el doctor y luego con una dulzura llena de conmiseración, dijo:
—Haced lo que acabo de indicaros, señor de Taverney, y, creedme, es lo mejor que podéis hacer.
—¡Oh!, comprended que creerlo es renunciar a la religión de toda mi vida, acusar a un ángel, tentar a Dios: si exigÃs que crea, probad a lo menos, probad.
—Quedaos con Dios, caballero.
—¡Doctor! —gritó Felipe lleno de desesperación.
—Ved que si habláis con esa violencia vais a dar a conocer que yo me habÃa propuesto callar a todo el mundo y hubiera deseado ocultaros a vos también.
—¡Ah!, tenéis razón, doctor —dijo Felipe con voz tan baja que morÃa el aliento apenas salÃa de la boca—; pero al fin la ciencia puede equivocarse: ¿os habéis engañado vos?