JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Caballero, rara vez —respondió el doctor—; he hecho unos estudios muy serios, y mi boca no dice que sà sino una vez que mis ojos y mi mente han dicho: «he visto, sé, estoy seguro». SÃ, tenéis razón, caballero, alguna que otra vez he podido equivocarme como se engañan todos los hombres; pero, según todas las probabilidades, ahora no. Ea, tranquilidad, y separémonos.
—Voy a suplicaros el último favor, caballero, favor que para mà tiene un valor supremo. Ya veis el estado en que se encuentra mi razón; siento una cosa que se asemeja a la locura, y necesito para saber si debo vivir o morir, ver probada esa realidad que me amenaza. Me vuelvo al lado de mi hermana, y no le hablaré hasta que no la hayáis visto nuevamente, reflexionadlo.
—Vos sois quien debe reflexionar, caballero, porque lo que es por mà no tengo que agregar una palabra a lo que he dicho ya.
—Caballero, prometédmelo: ¡Dios mÃo!, es un favor que ni el verdugo podrÃa negar a su vÃctima; prometedme que volveréis a ver a mi hermana una vez que visitéis a Su Alteza la señora delfina: doctor, en nombre del cielo, prometedme lo que os suplico.
—No puede ser, caballero; pero ya que os empeñáis en ello, en mi deber está hacer lo que deseáis; asà que salga de la cámara de la señora delfina volveré a ver a vuestra hermana.