JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —¿Es cierto que yo soy para ti una de las personas a quienes más estimas en el mundo?
—¡Oh!, la única —exclamó Andrea.
Después, ruborosa y turbada:
—Perdóname, Felipe —dijo—, se me olvidaba…
—Nuestro padre, ¿es verdad, Andrea?
—SÃ.
Felipe cogió la mano a su hermana, y mirándola tiernamente:
—Andrea —dijo—, no creas que nunca te reconvendré si en tu corazón se cobijara un cariño que no se pareciera ni al que tienes a padre, ni al que me tienes a mÃ…
Luego, apoyándose a su lado, siguió diciendo:
—Te encuentro en una edad, en que el corazón de las jóvenes habla con más viveza que lo que vosotras mismas desearais, y ya sabes que hay un precepto divino que ordena a la mujer dejar padres y familia para seguir a sus esposos.
Andrea miraba absorta a su hermano no entendiendo su lenguaje.
Después, riéndose con una sencillez que nada bastarÃa a describir:
—¡Mi esposo! —dijo— ¿no has hablado de mi esposo, Felipe? ¡Dios mÃo! ¡Y seguramente no ha nacido, o a lo menos yo no le conozco!