JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Felipe corrió hasta él.
—Doctor —dijo—, seáis bien venido, y perdonadme mis modales algo bruscos, pues cuando me aproximé a vos hace una hora estaba tan agitado como tranquilo estoy en esté instante.
El doctor cesó por un momento de mirar a Andrea, y dejó caer su observación sobre el joven, cuya sonrisa y expansión de ánimo analizó.
—¿Hablasteis a esta señorita según os indiqué? —preguntó.
—SÃ, doctor, sÃ.
—¿Y os habéis tranquilizado?
—En vez de un infierno que antes tenÃa en mi corazón, ahora llevo en él un cielo.
Cogió el doctor la mano de Andrea, pulsándola durante un largo rato.
Felipe la miraba y no parecÃa sino que decÃa:
—¡Oh!, haced lo que queráis, doctor, pues ya no temo los comentarios del médico.
Asà es que agregó con aire de triunfo:
—Y bien, ¿qué os parece, doctor?
—Caballero —dijo este—, tened la bondad de dejarme solo con vuestra hermana.
Estas palabras pronunciadas sencillamente, echaron por tierra el orgullo del joven.
—¡Cómo!, ¿todavÃa? —exclamó.
El doctor hizo un gesto.