JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Es, pues, muy natural —prosiguió el doctor—, que para ver el sentimiento, y presintiendo la cólera de ese joven, hayáis callado vuestro secreto con obstinación; pero, frente a frente conmigo, señorita, conmigo, que soy, creedlo, médico de las almas igual que del cuerpo; conmigo que veo y sé conmigo que os ahorro la mitad del penoso camino de las revelaciones, tengo derecho para confiar en que seáis más franca.
—Caballero —contestó Andrea—, si no hubiese visto que el rostro de mi hermano se entristecÃa y expresaba un grande sentimiento, y si no consultase vuestro venerable exterior y la reputación de gravedad que tenéis, creerÃa que ambos estáis de acuerdo para hacer a costa mÃa un papel de comedia, a fin de que tome, después de la consulta, alguna medicina muy negra y amarga.
—Señorita, os suplico que os detengáis en el camino del disimulo.
—¡Del disimulo! —exclamó Andrea.
—¿Deseáis mejor que diga hipocresÃa?
—¡Pero, caballero —exclamó la joven—; pensad que me ofendéis!
—Decid más bien que acierto vuestro modo de pensar.
—¡Caballero!
Andrea se incorporó; pero el médico la obligó con suavidad a volver a sentarse.