JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —A aquel grito siguió el ruido de una puerta empujada con fuerza, y Felipe se presentó de un brinco en medio de la habitación, con la espada en la mano, ensangrentados los ojos y temblándole los labios.
—¡MentÃs, miserable! —dijo al doctor.
Volvióse este hacia el joven sin soltar el pulso de Andrea que palpitaba medio muerta.
—Caballero, lo dicho, dicho —dijo el doctor con menosprecio—, y no será vuestra espada, ya esté en vuestra mano, ya la tengáis envainada, la que me obligará a mentir.
—¡Perdón, doctor! —murmuró Felipe, dejando caer la espada.
—Deseabais que comprobara con un segundo examen mi primera opinión, y asà lo he hecho, ahora la seguridad es fundada y nadie se disuadirá de ello. Lo siento en extremo, joven, pues me inspiráis tanta simpatÃa como odio me inspira vuestra hermana por la constancia con que miente.
Andrea seguÃa inmóvil; pero Felipe hizo un movimiento.
—Soy padre de familia, caballero —continuó el doctor—, y no ignoro cuánto sufriréis. Os ofrezco, pues, mis servicios lo mismo que mi discreción; mi palabra es sagrada, caballero, y todo el mundo os manifestará que antes que faltar a ella perderÃa primero la vida.