JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —¡Oh! ¡Pero eso no es posible!
—No sé si es posible; pero es cierto. Quedaos con Dios, señor de Taverney.
Volvióse por donde habÃa venido, después de mirar cariñosamente al joven, quien se hallaba agobiado de pena, y que en el mismo instante en que se cerraba la puerta tras el médico, cayó abismado de sentimiento sobre un sillón que habÃa a dos pasos de Andrea.
En cuanto se marchó el médico, Felipe se levantó, cerró la puerta del corredor, la de la sala, las ventanas, y aproximándose a Andrea, que le miraba como atontada hacer todos aquellos preparativos, dijo cruzándose de brazos: