JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Me habéis engañado cobarde y neciamente; cobardemente, porque soy vuestro hermano y he tenido la debilidad de amaros, preferiros a todo, estimaros más que nada, y esta confianza debÃa a lo menos haber movido la vuestra a falta de cariño: y neciamente, porque el infame secreto que causa nuestra deshonra, está hoy en poder de una tercera persona, porque a pesar de vuestra discreción, quizá lo hayan descubierto otros: porque, en fin, si me hubierais confesado desde luego la situación en que os hallabais, hubiera podido evitaros la deshonra, si no por cariño, a lo menos por egoÃsmo, pues al fin yo también me libertaba de ella. He aquà cómo y en qué habéis faltado: vuestra honra, en tanto que no estéis casada, pertenece de mancomún a todos aquellos cuyo nombre lleváis, es decir, mancháis. De consiguiente, desde este instante dejo de ser hermano vuestro, puesto que habéis desconocido este tÃtulo; desde este momento soy un hombre interesado en arrancaros por todos los medios posibles el secreto que ocultáis, a fin de que esa confesión obtenga una reparación, cualquiera que sea. Me acerco, a vos furioso, decidido, y os digo: puesto que habéis sido tan infame que habéis confiado en salvaros por medio de una mentira, seréis castigada como se castiga a los menguados. Confesad, pues, vuestro delito, o…
—¡Amenazas! —repuso la orgullosa Andrea—; ¡amenazas a una mujer!