JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Y levantóse pálida y también en actitud amenazadora.
—SÃ, amenazas, no a una mujer sino a una criatura sin fe y sin honor.
—¡Amenazas! —prosiguió Andrea exasperándose poco a poco—; ¡amenazas a mà que no sé nada, que nada entiendo, y que os contemplo a todos como unos locos sanguinarios que pretendéis matarme de pesadumbre, ya que no de vergüenza!
—Pues bien —exclamó Felipe—, muere, ya que no confiesas; muere ahora mismo. Voy a matarte y Dios te juzgará.
Y cogió nerviosamente la espada, apoyando la punta sobre el pecho de su hermana con la velocidad del rayo.
—Bien, matadme —exclamó esta sin que le asustase el brillo de la hoja, ni intentara evitar el dolor de la herida.
Y se lanzó hacia adelante, llena de pena y dominada por la fiebre; y tan rápido fue su movimiento, que la espada le hubiera atravesado el pecho, a no ser porque a Felipe le acometió de repente un terror inmenso al ver algunas gotas de sangre que mancharon la muselina que su hermana tenÃa ceñida al cuello.