JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Sintióse el joven sin bríos ni furor, retrocedió, dejó caer el acero de entre las manos, se hincó de rodillas sollozando, y enlazó con los brazos el cuerpo de la joven.
—¡Andrea! ¡Andrea! —murmuró—; ¡no, no!, yo seré el que muera, ya no me quieres, ya no me conoces, y nada tengo que hacer en este mundo. ¡Oh!, ¿hasta tal extremo amas a otro que prefieres la muerte a depositar tu secreto en mi seno? ¡Oh! Andrea, no eres tú lo que debe morir, sino yo.
Y ejecutó un movimiento como para retirarse; pero Andrea se asió a su cuello con ambas manos, cubriéndole de besos e inundándole en lágrimas.
—No, no —repuso la joven—, teníais razón en lo que dijiste al principio; mátame, Felipe, supuesto que afirman que soy criminal. Pero tú, que eres tan noble, tan puro, tan bueno; tú, a quien nadie acusa, vive y tenme compasión en vez de maldecirme.