JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Pues bien, hermana, en nombre del cielo y por la amistad que me tenÃas antes, te suplico que nada temas, ni por ti, ni por el hombre a quien amas: sea quien fuere será sagrado para mÃ, aunque fuese mi más mortal enemigo, aunque fuese el último de los hombres. Pero yo no tengo enemigos, Andrea, y tu corazón es tan noble, tan delicada es tu manera de pensar, que debes haber elegido un amante digno. Pues bien, iré en su busca, y le llamaré hermano… Mas veo que nada dices a esto: ¿es imposible que os caséis? ¿Es eso lo que quieres significar? Pues bien, corriente, todo el dolor será para mÃ, y ahogaré la voz imperiosa del honor que pide sangre. Nada exijo ya de ti, ni aun que me declares cómo se llama ese hombre: te ha gustado, y esto basta para que yo le quiera; pero saldremos de Francia y escaparemos juntos. Según me han dicho te ha dado el rey un rico aderezo; lo venderemos, pues, y enviaremos la mitad del importe a papá, viviendo con la otra mitad en un lugar ignorado. Serás para mÃ, Andrea, cuanto hay en el mundo; séalo yo también para ti, porque yo no amo a nadie, y ya ves que te soy adicto. Andrea, reflexiona lo que hago, ya ves que puedes contar con mi amistad: vamos, ¿me negarás aún tu confianza después de lo que te he dicho? ¿No me llamarás hermano tuyo?
Andrea oyó en silencio cuanto acababa de decir el joven desatinado.