JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Solamente los latidos de su corazón revelaban que tenÃa vida; solamente su mirada demostraba que no habÃa perdido la razón.
—Felipe —dijo la joven después de un gran rato de silencio—, ¿conque has pensado que ya no te quiero? ¡Pobre hermano mÃo! ¡Conque supones que amo a otro hombre, y que he olvidado las leyes del honor, yo que soy noble y comprendo todas las obligaciones a que esta palabra me obliga con respecto a deslices…! Amigo mÃo, te lo perdono; sÃ, sÃ, en vano has creÃdo que soy una mujer infame, en vano me has llamado indigna; sÃ, sÃ, te perdono, pero no te perdonaré si piensas que soy tan irreligiosa y vil que me atreva a jurar en falso. Felipe, por el Dios que me está oyendo, por el alma de mi madre, que según parece me ha defendido ¡ay de mÃ!, lo bastante; por el cariño que te tengo, en fin juro que nunca ha entretenido mi razón un pensamiento de amor, que nunca me ha dicho hombre alguno: «te amo»; que jamás he sentido un beso en mi mano; que soy tan pura de pensamiento y tan virgen de deseos como el dÃa en que nacÃ. Ahora, Felipe, mi alma pertenece a Dios, y a ti mi cuerpo.