JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —En mi cama, estoy segura de ello, y me desperté en el suelo, sobre el tapiz, sola, dolorida y tan helada como una muerta que concluyera de resucitar. Entonces llamé a Nicolasa, pero inútilmente, pues habÃa desaparecido.
—¿Y ese sueño era el mismo que las anteriores veces?
—El mismo.
—¿El mismo que te acometió en Taverney?, ¿el mismo que sentiste el dÃa de las funciones?
—SÃ, sÃ.
—Y las dos veces primeras, antes de dormirte, ¿viste a José Balsamo, al conde de Fénix?
—Lo vi claramente.
—¿Y la tercera vez no?
—No —dijo Andrea asustada porque empezaba a comprender—; no, pero lo adiviné.
—¡Bien! —exclamó Felipe—; ahora no pases cuidado, tranquilÃzate, Andrea, y envanécete, porque ya sé el secreto: ¡gracias, querida hermana! ¡Nos hemos salvado!
Felipe cogió a Andrea en brazos, la estrechó cariñosamente contra su corazón, y llevado del ardor de la resolución, se lanzó fuera del aposento, sin esperar ni oÃr más.