JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Perfectamente —dijo Felipe, empezando a acalorarse—, entretanto id a decir a vuestro amo…
—Ya he tenido la honra de deciros —replicó Fritz con calma inalterable—, que mi señor no está en casa.
—Sé lo que valen los mandatos —dijo Felipe—, que se dan a los criados, y el que vos habéis recibido es respetable, amigo mÃo; pero no puede referirse a mà puesto que vuestro amo no podÃa prever mi visita, y vengo aquà por una excepción.
—La orden se extiende a todo el mundo —dijo Fritz torpemente.
—Entonces, si hay orden —dijo Felipe—, el conde de Fénix se encuentra en casa.
—Y bien, ¿qué? —dijo Fritz, que empezaba a impacientarse con aquella insistencia.
—Que le esperaré.
—Os digo que mi señor no está aquÃ: hace algún tiempo que hubo fuego en la casa y de resultas de este incendio se ha puesto inhabitable.
—Sin embargo, tú vives en ella —dijo Felipe incurriendo en una torpeza.
—Vivo en ella en clase de conserje.
Felipe se encogió de hombros, como dando a entender que no creÃa nada de cuanto le decÃan.
Fritz comenzaba a incomodarse.