JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Por lo demás —dijo—, esté mi señor aquà o no esté, y ya encontrándose presente, ya en su ausencia, nadie está autorizado a entrar en su casa a la fuerza, y si no os conformáis con esta costumbre me veré obligado…
Fritz se detuvo.
—¿A qué? —preguntó Felipe ya exasperado.
—A poneros en la calle —contestó Fritz con tranquilidad.
—¿Tú? —exclamó Felipe chispeándole los ojos de rabia.
—Yo —repuso Fritz recobrando con el carácter distintivo de su nación todas las apariencias de sangre frÃa, a medida que iba aumentándose su ira.
Y avanzó un paso hacia el joven, quien exasperado, fuera de sÃ, echó mano a la espada.
Sin inmutarse Fritz al ver el acero, sin llamar aunque es verdad que tal vez estarÃa solo, cogió de una panoplia una especie de estaca armada de un hierro de corta dimensión, y lanzándose sobre Felipe a guisa de bâtonniste más bien que de florista, del primer golpe hizo saltar hecho pedazos aquel espadÃn.
Felipe exhaló un grito de rabia, y arrojándose a su vez hacia el trofeo procuró coger de allà un arma.
Entonces se abrió la puerta del corredor y se presentó el conde destacándose del cuadro sombrÃo.
—¿Qué ocurre, Fritz? —preguntó.