JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Nada, señor respondió este, bajando la estaca, pero poniéndose como una barrera enfrente de su amo, quien, situado en las gradas de la escalera, le llevaba la mitad del cuerpo.
—Señor conde de Fénix —dijo Felipe—, ¿es costumbre en vuestro paÃs que los criados reciban a un caballero con estaca en mano, o es una consigna particular a vuestra noble casa?
—Detente, Fritz —ordenó Balsamo.
Fritz bajó todavÃa más la estaca, y a una señal de su amo la dejó en un ángulo del vestÃbulo.
—¿Quién sois, caballero? —preguntó el conde, que no veÃa bien a Felipe a la luz del velón que ardÃa en la antesala.
—Uno que necesita hablaros a toda costa.
—¿Qué necesita?
—SÃ.
—Esa palabra disculpa a Fritz, caballero, pues yo nunca deseo hablar a nadie, y cuando estoy en mi casa a nadie reconozco con derecho a necesitar hablarme. Me habéis faltado, pues; pero —agregó Balsamo suspirando—, os lo perdono con tal que os retiréis y no turbéis por más tiempo mi reposo.
—En verdad pega muy bien —exclamó Felipe—, que pidáis reposo cuando me habéis arrebatado el mÃo.
—¿Yo os he privado del reposo? —preguntó el conde.