JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Felipe aspiraba cada una de las frases que salÃan de boca de su hermana.
—¡Se salva! ¡Andrea se salva! —replicó maquinalmente.
—¡Aguarda, hermano, aguarda!
Como intentando apoyarse, buscaba la joven el brazo de Felipe.
—¿Qué más?, ¿qué más? —interrogó este.
—Se me habÃa olvidado.
—¿El qué?
—AllÃ, allÃ, en el aposento de Nicolasa, con un cuchillo en la mano…
—¿Con un cuchillo en la maño?
—Lo veo, está tan pálido como la muerte.
—¿Quién?
—Gilberto.
Felipe contenÃa la respiración.
—Sigue al rey —continuó Andrea—, cierra la puerta tras sÃ, apaga con el pie la bujÃa que estaba ardiendo sobre el tapiz y se acerca hacia mÃ. ¡Oh!
Levantóse la joven en brazos de su hermano. Y tan tirantes se hallaban todos los músculos de su cuerpo que parecÃan iban a romperse:
—¡Oh!, ¡qué miserable! —dijo por último.
Y volvió a caer sin fuerzas.
—¡Dios mÃo! —dijo Felipe sin atreverse a interrumpirla.