JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —¡Cómo! ¿No creéis que sea natural amar a alguno y hacerse amar por él?
—Puede ser; continúa.
—Pues bien… amo.
—¿Y eres amada?
—Me figuro que sÃ.
Nicolasa pensó que tenÃa poca fuerza una duda, y que en aquella ocasión era preciso afirmar rotundamente. AsÃ, pues, añadió:
—Quiero decir que estoy segura.
—¡Muy bien! Por lo que veo, no pierdes el tiempo en Taverney.
—Debe pensarse en el porvenir. Vos, como sois señorita, heredaréis quizá con el tiempo algunos bienes de fortuna por muerte de algún rico pariente; pero yo, que no los tengo, no puedo esperar nada.
Andrea, naturalmente bondadosa, hizo que le parecieran muy sencillas aquellas palabras, y olvidó poco a poco el tono con que las anteriores fueron pronunciadas.
—En fin —agregó—, ¿con quién tratas de casarte?
—¡Ah! Con uno a quien conocéis muy bien —respondió Nicolasa, fijando en los de Andrea sus expresivos ojos.
—¿A quien yo conozco?
—Perfectamente.