JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Pues di quién es, porque me impacientas haciéndome esperar tanto.
—Temo que no os agrade mi elección.
—¿A m�
—SÃ, señorita.
—¿Es que tú misma conoces que será poco decente?
—No, no es eso.
—Pues entonces, habla sin temor. Los amos están obligados a interesarse por el criado que les haya servido bien, y yo siempre estuve muy satisfecha de ti.
—Sois muy indulgente.
—Vaya, dilo enseguida, y acaba de ponerme los corchetes.
Reunió Nicolasa todas sus fuerzas, y apelando a toda su perspicacia, dijo:
—Pues bien, es… Gilberto.
Pero al ver que el rostro de su ama permanecÃa impasible y sereno, quedó sorprendida.
—¡Cómo! ¿Gilberto, Gilbertillo el hijo de mi nodriza?
—SÃ, señorita, el mismo.
—Pero… ¿es cierto que piensas casarte con él?
—SÃ, señorita, con él.
—¿Y te ama?