JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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—Querida Andrea, ya te explicaré todo lo ocurrido; entretanto disponte a marchar.

—Pero ¿y papá?

—Mi padre —dijo Felipe sombrío—; ¿mi padre? Eso me corresponde a mí, y ya le prepararé.

—¿Es decir que os acompañará?

—¿Quién?, ¿mi padre?, ¡oh!, es imposible, ¡imposible! Nosotros dos, Andrea; ya te he manifestado que nosotros dos solos.

—¡Oh!, ¡me asustas, amigo mío! Me espantas, y me haces sufrir mucho.

—Dios vela por todos, Andrea —dijo el joven—: Así, pues, valor: corro en busca del doctor, y por lo que hace a ti, Andrea, no olvides que estás mala por el sentimiento que te causa haber dejado a Taverney, sentimiento que ocultabas por la señora delfina. Vamos, vamos, sé fuerte, hermana, porque nos va en ello nuestro honor.

Y Felipe apresuróse a abrazar a su hermana, porque se ahogaba.

Recogió la espada, que había dejado caer, la introdujo en la vaina con mano temblorosa, y se lanzó a la escalera.

Un cuarto de hora más tarde llamaba a la puerta del doctor Luis, que vivía en Versalles todo el tiempo que residía la corte en Trianón.


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