JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Que me prestéis vuestro auxilio para sacar a mi hermana de Versalles, y para sepultar en las tinieblas más densas aún el secreto terrible que ocasionará nuestra deshonra si se descubre.
—Voy a proponeros una cosa, y será la única.
Felipe se molestó.
—Escuchadme —siguió diciendo el doctor con un gesto de autoridad que querÃa decir tuviese calma—. Un filósofo cristiano a quien habéis convertido en confesor, está obligado a exigiros, no una condición en favor del servicio prestado, sino en virtud del derecho de conciencia. La humanidad es un destino, caballero, y no una virtud, y puesto que pretendéis matar a un hombre, yo debo impedÃroslo por cuantos medios estén en mi poder, aun por la violencia, como hubiera impedido el crimen realizado contra vuestra hermana. Por esta razón, caballero, os suplico que prestéis juramento…
—¡Oh!, nunca, nunca.
—Lo prestaréis —exclamó el doctor Luis con virulencia—; lo prestaréis, hombre sanguinario: debéis conocer fue la mano de Dios anda en todas partes, y nunca falláis ni el golpe que descarga ni su alcance. ¿No afirmáis que el delincuente ha estado cerca de vos?
—SÃ, doctor; con abrir una puerta, si hubiera podido suponer que estaba allÃ, me habrÃa encontrado frente a frente con él.