JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Atendedme, doctor —dijo—, no se trata aquà de un seductor a quien una coqueta anima más o menos; no se trata de un hombre, por último, provocado, como decÃais, sino de un miserable, criado en nuestra casa, y que después de haber comido durante veinte años el pan de caridad, abusando una noche de un desmayo, de una muerte, por decirlo asÃ, ha manchado traidora e infamemente a la mujer más santa y pura, a quien no se atrevÃa a mirar a la cara a la luz del dÃa. En un tribunal, de seguro serÃa sentenciado a muerte ese criminal: pues bien, yo lo juzgaré, yo, tan imparcialmente como un tribunal, y le mataré. Venid ahora, doctor, vos, a quien yo creÃa tan generoso como grande, venid a proponer que os compre el servicio que solicito de vos, o a imponerme una condición. ¿Procederéis al hacérmelo como los que procuran obligarse y quedar satisfechos obligando a otros? Sà asà ocurre, doctor, vos no sois ese sabio a quien he admirado, sino un hombre ordinario, y a pesar del desdén que me manifestasteis hace poco, yo soy superior a vos, que sin segunda intención he descubierto mi secreto.
—¿DecÃs que el criminal ha huido?
—SÃ, doctor; tal vez adivinó la aclaración que iba a tener lugar, oyó que se le acusaba, y al instante emprendió la fuga.
—Bien, ¿y ahora qué es lo que pretendéis, caballero? —preguntó el doctor.