JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —¡Estoy decidido, resuelto! Algún dÃa le hallaré ciertamente, por más que se oculte, y ese dÃa os lo digo, caballero, sin compasión ni remordimiento, le mataré como un perro.
—Entonces —dijo el doctor Luis—, realizaréis un delito igual al que él ha cometido, o más odioso quizá; porque, ¿quién sabe si una palabra imprudente, o un gesto de coqueterÃa que se escape a una mujer no son suficientes a excitar los deseos del hombre y sus vehementes inclinaciones? Matar, cuando tenéis otros medios de reparación, cuando un casamiento…
Felipe levantó la cabeza.
—¿No sabéis, caballero, que los Taverney Casa-Roja descienden del tiempo de las Cruzadas, y que mi hermana es tan noble como una archiduquesa o una infanta?
—SÃ, os comprendo, y el culpable no lo es: será un rústico, un villano, como decÃs vosotros los hijos de noble raza. SÃ, sà —prosiguió sonriéndose con amargura—, sÃ, es verdad; Dios ha creado hombres de cierto barro inferior para que los maten otros de un barro más delicado. ¡Oh!, sÃ, estáis en lo cierto, matad, matad.
Y volviendo la espalda a Felipe empezó a arrancar la mala hierba de su jardÃn.
Felipe se cruzó de brazos.