JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —¡Oh! —dijo—, ¿eso es lo único que me contesta un joven que ciñe la espada?
Felipe palideció con aquel impulso de rabia, pero reprimiendo enseguida su furia, dijo:
—No puedo decirte lo que yo mismo ignoro. El destino que se ha desencadenado contra nosotros, me obliga a guardar secreto, y este secreto, que se comprometerÃa con un escándalo, al mismo tiempo que se comprometiera nuestro honor, es inviolable para todos, porque Dios nos ha querido otorgar este favor.
—¡Para todos, menos para un hombre, Felipe…; para un hombre que se burla de nosotros y desafÃa nuestra cólera…! ¡Oh Dios mÃo: para un hombre que se burla de nosotros de un modo infernal en su tenebroso albergue!
Felipe, crispando los puños, miró al cielo y no contestó una palabra.
—Tal vez conozca yo a ese hombre —exclamó Andrea redoblando su ira e indignación—. Por último, Felipe, permÃteme que te haga una pintura de él: ya he indicado el extraño influjo que ejerce en mÃ, y hasta me parece que te he enviado a él.
—Ese hombre es inocente, le he visto y tengo la prueba de ello. AsÃ, pues, no intentes averiguar, Andrea.