JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Ayer te dije —respondió Felipe frÃamente—, que olvidases todas las pesadumbres y temores, arrojando lejos de ti, como el viento el vapor de la mañana, cualquier recuerdo y cariño que no recayese sobre mÃ… Realmente, querida Andrea, nadie, sino yo, te quiere en el mundo, y nadie me quiere a mà sino tú. Siendo pobres huérfanos abandonados, ¿por qué hemos de sufrir ningún yugo de ingratitud o parentesco? ¿Recibimos beneficios, hemos conocido la protección de un padre?… ¡Oh! —agregó sonriéndose con amargura—; ya conoces a fondo mi corazón y mi modo de pensar… Si fuera necesario que quisieras a ese hombre, te dirÃa: «¡quiérele!». Pero supuesto que me callo, abstente de amarle, Andrea.
—Entonces, hermano, será forzoso que crea…
—Hermana, en los grandes infortunios, el hombre oye involuntariamente resonar estas palabras que no entendÃa bien, siendo niño: «¡Teme a Dios…!». ¡Oh!, hermana, la mayor prueba de respeto que le puedes dar a tu padre, es olvidarlo.
—Conque, ¿era cierto? —murmuró Andrea con aire sombrÃo, dejándose caer en su sillón.