JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —¡Oh!, querido amigo, no merecen compararse con estas; no obstante, con ellas se adornaba nuestra buena mamá hace quince años… El reloj, los brazaletes, y los pendientes están guarnecidos de brillantes, y también tenemos el retrato. Papá habÃa pensado enajenarlo todo porque decÃa que ninguna de esas joyas era de moda.
—Sin embargo, a esto se reduce todo lo que nos queda —dijo Felipe—, y es el único recurso de que disponemos.
Mira, hermana, mandaremos fundir de oro y venderemos las piedras preciosas del retrato, con lo cual reuniremos veinte mil libras, cantidad bastante para unos infelices como nosotros.
—¡Si estas perlas son también mÃas! —dijo Andrea.
—Nunca las toques, Andrea, porque te abrasarÃan. Esas perlas son de una naturaleza extraña, hermana, y manchan la frente que tocan.
Andrea se conmovió.
—Me guardo este cofrecito, hermana, para devolverlo a quien corresponde de derecho. Ya te he dicho que esto no es nuestro, no; y no deseamos que lo sea, ¿es cierto?
—Como gustes, hermano —respondió Andrea sumamente abochornada.