JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Querida hermana, vÃstete por última vez para ir a visitar a la señora delfina; sosiégate y muéstrate muy respetuosa, manifestando sentimiento por tener que separarte de tan noble protectora.
—¡Oh!, sÃ, lo siento mucho en medio de mi desgracia.
—En cuanto a mÃ, voy a ParÃs, y regresaré esta tarde; asà que llegue te llevaré conmigo. Paga, pues, todo lo que debas.
—Nada debo, pues tenÃa a mi servicio a Nicolasa y ya sabes que se fugó. ¡Ah!, se me olvidaba Gilberto.
Estremecióse Felipe y sus ojos se encendieron de cólera.
—¿Debes a Gilberto? —exclamó.
—Sà —dijo Andrea naturalmente—, pues me ha estado proporcionando flores desde que empezó la primavera. Además, tenÃas razón cuando me dijiste que he sido injusta en tratar ásperamente a ese muchacho que, asà como asà es atento… Le recompensaré de otro modo.
—No busques a Gilberto —murmuró Felipe.
—¿Por qué? Debe hallarse en los jardines; y, si no, le mandaré llamar.
—¡No, no!, que serÃa perder un tiempo precioso… Cuando yo cruce las calles de árboles me lo encontraré, le hablaré y… le pagaré.
—Siendo asà está bien.