JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Eso no podéis decirlo vos —replicó Nicolasa.
—¿Por qué?
—Debéis saberlo mejor que nadie, pues vos sois quien le ordena que vaya a cazar para la mesa.
—¡Yo!
—Y quien consiente que ande diez leguas en ocasiones, antes de hallar una sola pieza.
—Te aseguro que hasta ahora no he reparado…
—¿En la caza?… —dijo con malévola sonrisa la doncella.
Si el espÃritu de Andrea se hubiese encontrado en su estado normal, hubiera hecho muy poco caso de aquella indirecta, y quizá no hubiese conocido el veneno que contenÃa el sarcasmo de su doncella; pero sus nervios sufrÃan un estremecimiento a cada acto de su voluntad; cada movimiento de su cuerpo se hacÃa ostensible con violentos sacudimientos, y la menor agitación de su alma era para ella un obstáculo casi insuperable. Reanimóse, al punto, y recobrando con la impaciencia toda la penetración que su abatimiento le habÃa impedido tener desde el principio de la escena:
—¿Qué charla la sabidilla? —preguntó, dirigiéndose a su doncella.
—Señorita, yo no afirmo que tenga saber, eso queda para las grandes señoras. Soy una pobre muchacha, y digo sencillamente la verdad.