JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —¿Y cuál es la verdad?
—Que calumniáis sin motivo a Gilberto, puesto que él está siempre desviviéndose por agradaros.
—Bien; no hace más que lo que debe, y a eso está obligado en su condición.
—Pero, señorita, Gilberto no es criado, porque no cobra salario alguno.
—Con todo, es hijo de nuestros antiguos arrendadores; le damos casa y comida, y como nada hace él en cambio, puedo decir que nos roba. Pero dime, en suma, cuál es tu propósito al defenderle con ese calor, cuando nadie trata de ocasionarle el menor daño.
—¡Ah!, demasiado sé yo que no pretendéis hacerle daño alguno —contestó Nicolasa con maliciosa sonrisa.
—¡Otra respuesta que tampoco comprendo!
—Porque no queréis comprenderla sin duda.
—Basta —dijo Andrea con áspero tono—; vas a explicarme enseguida lo que quieres dar a entender con tus palabras.
—¡Ay, señorita!, de qué servirÃa explicarme, si lo sabéis mejor que yo misma.
—Todo lo contrario: nada sé; ni me es posible descifrar esos enigmas. ¿No solicitabas mi consentimiento para casarte?
—SÃ, señorita, y os ruego también que no me aborrezcáis porque Gilberto me quiere.