JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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Hubo un instante de silencio.

—Perdonadme, señor —dijo una voz que hizo estremecer al filósofo.

Rousseau se volvió rápidamente.

—¡Gilberto! —dijo.

—Sí, Gilberto; vengo a pediros perdón, señor Rousseau.

Rousseau se quedó con la vista fija en el joven.

Era Gilberto.

Pero Gilberto, pálido y con el cabello desgreñado, ocultando mal, bajo un vestido que se hallaba en completo desorden, sus miembros demacrados y temblorosos; Gilberto, en resumen, cuyo aspecto hizo estremecer a Rousseau, arrancándole una exclamación de piedad que se asemejaba a inquietud.

Gilberto miraba de un modo fijo y luminoso como las aves de rapiña hambrientas, y una sonrisa de fingida timidez que en él se advertía, contrastada con aquella mirada lo mismo que la parte alta de la grave cabeza de un águila con la parte baja y burlona de un lobo.

—¿Qué venís a hacer aquí? —se apresuró a decir Rousseau, a quien no agradaba el desorden, y que en otro lo tenía por indicios de malos designios.

—Señor —contestó Gilberto—, tengo hambre.

Se estremeció Rousseau al oír el tono con que aquella voz profería la palabra más terrible que existe en el idioma de los hombres.


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